Estoy sentada a la mesa, a mi izquierda la pequeña hornillita eléctrica que me vendió el Estado cubano para la cocción de los alimentos, ofreciendo garantías de comodidad, prontitud, durabilidad y ahorro, solo que esta es la incontable vez que la hornillita se rompe y ya no tengo dedos en las manos para contar la cantidad de dinero que he tenido que invertir en ella debido a roturas y a consumo de corriente eléctrica. Al lado derecho la página de un periódico Granma me recuerda la Comisión que sesionó solo para tratar lo relacionado a la cocción de los alimentos en los hogares durante el finalizado Sexto Congreso del Partido Comunista de Cuba, las soluciones no acaban de bajar, en mi caso particular no solo tengo averiada la hornilla que se ha transformado en un motivo de preocupación constante, también la famosa olla multipropósito o Reina como le llamamos los cubanos, se rompió hace mucho tiempo y la rotura no se ha podido reparar por la inexistencia de piezas de repuesto y el calentador de agua fenece colgado de un clavo en la pared del baño soltando los trozos. Al frente mis dos niñas esperan una solución más inmediata, debe salir de mí, porque si esperan por la respuesta del Estado cubano dejarían de almorzar por varios días.
Foto a la derecha: una hornilla electrica en un hogar cubano.
Pidiendo la provisión divina que nunca falla, acudo a la solidaridad de los vecinos, siempre hay solución para los problemas del estómago, sobre todo cuando confiamos en la Palabra de Dios que nos dice: “No hay justo desamparado, ni su simiente que mendigue pan”. Este día, como otros, escapamos, como también acostumbramos a decir acá. Una vez satisfecho el apetito y marcado el horario de almuerzo, tomo la hornilla y me dirijo al Taller de Reparaciones, la esperanza sigue alejándose, una larga lista de espera me espera, anoto mi nombre, teléfono al que se me puede avisar y me retiro con el fogón debajo del brazo, al menos cinco o seis días demorarán en entrar las resistencias eléctricas para cambiar la desahuciada por la nueva. Serán varios días en los que deberé luchar a brazo partido por encontrar salida al problema de la cocción de los alimentos, deberé hacerlo además callada, sin comentarios, porque no puedo olvidar que en Cuba según muchos, “los cristianos no podemos meternos en política”, aun cuando la política de nuestro sistema de gobierno sature incluso el sustento de cada día, o por lo menos trate, porque bien dicha está la frase de Carlos Varela: “la política no cabe en la azucarera”, ni en los estómagos vacios.
Esta no será la única vez que deba correr con mi fogoncito eléctrico debajo del brazo para el tallercito de reparaciones, serán tantas otras que prefiero ni imaginarlas. Siempre confío en la misericordia de Dios que no nos desampara, pero no puedo dejar de pensar en esta otra estrategia mal formulada por parte de los gobernantes cubanos. De los tantos enseres distribuidos, ha quedado solo la infeliz hornilla, desde su simpleza ella hace las veces de fogón para cocinar todos los alimentos incluido los granos que se ablandan a presión, hervir la leche y el agua, y de servir como calentador, cualquier caldero le viene bien, porque los que según los vendedores eran los ideales para cocinar en este equipo yacen tirados en algún rincón de la alacena magullados o sin asas. Que a nadie le quepa dudas, la verdadera reina de mi cocina es esta pequeña hornilla, ella forma parte de mis motivos de oración diarios, porque qué sería de mí y de mi familia sin la única que nos permite la cocción de nuestros alimentos.
*Licenciada en Información Científico Técnica y Bibliotecología y Máster en Estudios Teológicos por FLET. Desempeña sus labores en la Iglesia Bautista de Taguayabón en Villa Clara Cuba junto a su esposo el Pbro. Mario Félix Lleonart.


































